Descripción del proyecto

Me gusta llegar al Excelsior por dos caminos; si desde Piazza de Spagna subo la escalinata más bonita del mundo voy llegando a la siempre elegante Via Ludovisi, me gusta ver sus palmeras y palacetes que me hacen sentir cómodo en la calidez del clima de Roma. De otro lado, hay dos curvas que me parecen mágicas, la que hace Regent Street en Londres al desembocar por el lado sur en Trafalgar Square, ciertamente majestuosa, y la que hace Via (Vittorio) Veneto al subir desde Plaza Barberini, es otra vía de acceso igualmente inolvidable.

Cualquier camino es válido antes de poder evocar los mejores tiempos de Fellini y la Dolce Vita con centro neurálgico en el Excelsior y más concretamente en su terraza y en sus plácidas noches de primavera de inicios de los 60. Es espectacular la opulenta fachada Art Nouveau que preside el hotel con su letrero verde en la cúpula que a fuerza de verlo queda vintage presidiendo una suite con unos frescos increíbles; sí, en efecto, es la mejor suite que hay en Europa, nostalgia delirante de un Hollywood inolvidable en la mejor época de la Roma de la posguerra.

El Excelsior es por definición cine y Dolce Vita. Por orden, magnífica visión de una ciudad sin igual en 1953, Vespa en mano, Peck y Hepburn inolvidables ya esbozaban lo que era una ciudad delirante y divertida a orillas del Tiber. Luego llegó Fellini, sacó la mejor versión de Marcello y daba igual sentarse en la terraza del Excelsior que en el Café de Paris, que pena que el Gobierno de Italia dejase marchar al centro neurálgico de la Dolce Vita, suave desenfreno de un tiempo inolvidable. Mastroianni, fuiste único.

Tiempos de Sinatra al piano en Harry’s Bar porque obviamente Venecia no era suficiente, había que estar situado en Via Veneto, con Hollywood desfilando…mágico plantel. Bellinis inicialmente prohibidos porque hacían falta unas gotas de agua depurada de la Laguna y My Way sonando en el sitio donde la literalidad de la letra mejor podía sonar.

Viva Italia y el homenaje al cine italiano, reflejo e inspiración de Dolce Vita y de la magia de Cineccitá. Todavía quedaba por venir del cine italiano lo mejor, rodaje en Roma incluido; Cinema Paradiso y Totò, finales de los 80 pero traslado a una deliciosa Roma de los 50, una película tan inspiradora como colosal.

Pues eso, que nos vamos a rodar a Fontana di Trevi, vemos a Anita Ekberg deslizándose en un Barroco de ensueño, vamos a Café de Paris a tomar un Spritz, algo más en Harry’s Bar, que viva el desenfreno y a dormir en el Excelsior. Viva la Dolce Vita de Roma de los 60, preferentemente en blanco y negro que mañana será otro día, cruzo la acera y voy a pasear a Villa Borghese a recordar lo que dio de sí una noche con Marcello, Sinatra y Anita. Esto acaba de empezar, esto es la Dolce Vita de Roma que ya continuaremos en Madrid con Ava Gardner y sus toreros recogiendo el testigo del tierno desenfreno de lo mejor de los sesenta.